domingo, 25 de agosto de 2019

Soñé que empujaba una puerta. 
La puerta estaba tan horrorosamente encajada, que no se movía un milimetro. 
El picaporte estaba ahí, brillante como recientemente pulido, pero yo no lo tocaba, le tenía miedo. 
Creo que pensaba que si tocaba el picaporte la puerta se inmovilizaría mas. 
Mi trabajo consistía únicamente en hacer infinita presión sobre la madera, que al parecer era mi enemiga, pues no cedía ni por lástima hacia mi. 
Me senti frustrada, me sentí presionada, senti que mi esfuerzo era ridículo y que alguien en algún punto del espacio podía verme empujar y reirse. 
Pero tal cual la puerta, yo tampoco cedí un milimetro. 
Quise dejarlo, lloré, dramaticé, me pregunté que hacía mal, pero no pude abandonarlo. 
Sabia que abrir esa puerta me llevaría a una satisfacción y una felicidad que hace mucho buscaba. 
Pero mis deseos y expectativas no lograban mas que entristecerme cuando no tenía éxito, pensando que nunca me desencajaría a mi misma, o a la puerta. 
Me moví en círculos, sentí que giraba y que ya no presionaba hacia allí sino también hacia aquí, una y otra, y otra vez. 
Soñé que mi tristeza me pedía amor propio, y que me pedía piedad, que me decía que lo deje ya. 
Soñé que no podía, que detenerme era detener mis esperanzas y mi propio sueño. 
Soñé que descubría algo, que entendía que el esfuerzo debía hacerse de los dos lados de la madera para mover su punto de traba. 
Soñé que el balance podía hacer ceder a este infeliz mundo que quería impedirme mover la puerta.
Pero soñé que estaba sola, empujando todo lo que pudiera, deseando que si no lo hacía alguien, que la puerta sola se moviera. 

jueves, 15 de agosto de 2019

Algunas personas son como un color. Un amarillo es aquel del que uno sabe que no va a conseguir encontrar mas que una superficialidad aburrida. Ese otro es verde claro, intenso y llamativo, agobiante grita su vida a cada paso que da. El anaranjado es el calmo que no quiere expresarse, el que observa de lejos y sabe cuando entrar en escena, sorprendiendo, pero nunca destacando demasiado. Y aquel otro se asoma a un rosado aburrido, alguien que gusta de llamar la atención pero no lo logra, porque es imitación, alguien que concluyó que el mejor modo de ser parte de algo, era imitando y asomandose levemente a varios colores a la vez. El negro, como era de esperarse, es el que no se quiere demasiado, asi que pasa la vida escondiendose. Y el celeste es aquel del que todo se piensa pero nada se sabe con seguridad, a veces porque no sabe expresarse, a veces porque no se deja ver.
Algunas personas son como canciones. Suaves y tendiendo a lo pasional; delicados y detallistas llegando al extremo poético; tan indeterminados que por momentos parecen poco y de repente son mucho; o fuertes y superadores queriendo apuñalar y perforar cada intento de simpleza.
Pero hay personas que no son sólo colores y no son sólo canciones. Que se manifiestan como un remolino que lanza cosas hacia todos lados demostrando todo lo que aún puede dar. Esas son mis personas favoritas, y a ellos es a quienes dedico mas tiempo de observación. Son la noche o el día, el anochecer o el amanecer, totalidades formadas o transiciones turbulentas. El día nunca fue mi momento preferido, nos mantiene alertas y nos recuerda cómo la vida todavía puede castigarnos. La noche es mas amena, mas cómoda, mejor preparada para refugiarse en uno mismo, y tambien mas dificil porque nos recuerda que el día volverá y que lo bueno no dura tanto.
Me gusta pensarme como transición, sentir el momento del anochecer en mi. Me gusta ver ese intercambio de guardia en los astros como si se estuviese destapando algo, como si surgiese la necesidad del momento, de expresarse enteramente.
Soy transición, y no totalidad. El día me espanta y la noche me abruma. Preciso de la turbulencia, de lo pequeño, de la desnudez absoluta de los espíritus en pocos y sublimes instantes, de lo espontáneo que desaparece rápidamente y se repite constantemente, sin dejarse descubrir demasiado. Necesito el tumulto momentáneo y el descanso inevitable, la sinceridad excesiva y la oscuridad y tranquilidad de la noche que, inagotable, siempre llega a decirme que ahi está, y que no lo he visto todo.